Existe un importante consenso -posderrota electoral- de que el retorno de un gobierno nacional y popular dependerá de la conformación de una nueva mayoría. En un sentido pragmático se trata de alcanzar la mitad más uno que fue esquiva en el balotaje. En un sentido ideológico se trata de articular políticamente las demandas de los sectores populares.
No es una tarea sencilla a futuro, porque fue una tarea inconclusa en el pasado reciente. Si bien durante 12 años un sector importante del progresismo y la izquierda acompañaron al gobierno, otros negaron la expresión local del proceso latinoamericano que reivindicaban. Mientras saludaban a Mujica, Correa, Evo, Lula y Chávez; excluían a NK y CFK.
Esos sectores denostaron las bases peronistas y en reiteradas ocasiones se convirtieron en híbridos que en momentos definitorios -como en la Resolución 125- acompañaron a la Sociedad Rural. Un error de concepción que la historia juzgará, como dijo aquel vicepresidente que votó contra el Poder Ejecutivo que integraba.
No podemos dejar de preguntarnos: ¿Tenían que esperar a que gane Macri para poner en valor a CFK? ¿Valió la pena rifar el país sabiendo lo que representaba un gobierno Dueños y CEOS?, ¿Era necesario comprobar “la campaña del miedo”? Sigue resultando extraño que algo tan básico haya sido soslayado por fuerzas políticas que se jactan de tener cuadros ideológicamente impecables.
Las respuestas no serían sencillas, y las culpas estarían repartidas entre quienes no los convocaron y los que nunca se sintieron interpelados en 12 años. Puede ser secundario buscarlas en este momento, pero sin dudas que condicionarán la conformación de la nueva mayoría que el país necesita.
En este contexto, el peronismo será el centro político de la nueva mayoría, por peso específico es difícil imaginarlo “a la cola” de una experiencia conducida por el progresismo o la izquierda.
Por su parte, el sindicalismo se compone de un sector de clara oposición y otro que no define si confronta con el gobierno de los patrones o se posiciona en función del antikirchnerismo. El camino acertado no dependerá de la negociación con Macri, ni de las cuentas pendientes con CFK. La mejor guía será la defensa de sus afiliados ante un modelo económico que además de eliminar trabajadores, los va a pulverizar como dirigentes.
Esta inmensidad de variables y sectores deberá confluir, o al menos no dividirse frente a la Alianza del PRO. Las dificultades y las diferentes identidades deberían ser el primer punto a reconocer, no a resolver. Las identidades no se resuelven, se aceptan. Pretender cambiarlas o morigerarlas es un acto de oportunismo que vemos a menudo, pero siempre naufraga.
Que algunos sectores hoy reconozcan el rol del peronismo es un acto meritorio, pero el reconocimiento no los convierte en peronistas, ni debería ser una búsqueda desesperada de abrigo electoral. El peronismo es una identidad, una forma de ver el mundo y la vida. Por ello será difícil que puedan revertir genuinamente la negación visceral al peronismo que tenían hace pocos meses.
Lamentablemente algunos se acercan al peronismo guiados por el prejuicio que arrastraban cuando ni siquiera lo reconocían. Se arrimaron a lo que siempre entendieron como un aparato electoral, a los votos del pueblo peronista. No les interesa la doctrina, ni la mística de los compañeros, siempre nos calificaron de bonapartistas, fascistas, precarios e impuros ideológicamente.
Con todo, y por más esfuerzo a contrarreloj que hagan por mimetizarse, debemos recordar que no podrán aprenderlo, porque el peronismo se comprende.
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