El fenómeno de la inseguridad es prioritario entre las
preocupaciones de la ciudadanía desde hace décadas. En los primeros meses de
gestión de Mauricio Macri los medios de comunicación le restaron espacio a las
noticias policiales a un punto que no se hablaba de robos, rehenes,
secuestros, crímenes, etc.
Sin embargo, la realidad del país se impuso en la agenda mediática.
Primero, por la violencia de los delitos y luego por la repercusión de los casos donde la victima del siniestro respondió matando a su
agresor. La conmoción de estos casos y
el dilema que encierran abrieron un nuevo debate.
En la última década, el debate se circunscribía entre quienes defendían
posiciones de “mano dura” proponiendo represion, endurecer penas y otorgar mayores
licencias a las fuerzas de seguridad. La posición alternativa, denominada “garantista”, argumentaba que la respuesta era
social, dado que las desigualdades del sistema y la falta de oportunidades
generaron este fenómeno.
En definitiva, el dilema
central es si existe una sola victima (quien sufre el delito) o si existe
otra victima en quien ha sido excluido y no ha tenido oportunidades.
Los defensores de la “mano dura” reclaman mayor poder a las fuerzas de seguridad, intervención
de los sectores militares e incluso la pena de muerte –inconstitucional en
nuestro país. La mirada estrictamente represiva olvida la realidad interna de
las fuerzas de seguridad, las enormes inconsistencias del sistema judicial y una total negación de la dimensión social.
Por otra parte, el “garantismo”
coloca el foco en la “cuestión social”, respaldándose en la gestión del kirchnerismo que en
una década logró importantes avances: Reducción de la pobreza,
creación de empleo, programas sociales, inclusión social y educativa, etc.
La crítica recibida fue el “determinismo
social” para abordar la problemática y algunas decisiones
importantes que no llegaron a tiempo para mostrar resultados: Reformas
inconclusas de las fuerzas de seguridad, intentos de reforma del Sistema Judicial
para democratizarlo, brindar acceso a la Justicia y evitar la llamada “puerta giratoria”.
En este esquema, la discusión se trunca en las posiciones ideológicas y no surgen
respuestas que integren la inclusión social con la prevención y
el combate del delito. Las dos visiones se disputan la opinión pública:
ante cada delito crecen las voces de “mano dura” y ante cada
conquista social se demostró que la recuperación de derechos es parte de la solución.
Con todo, entendiendo la complejidad del tema y la ausencia de
soluciones inmediatas, nos encontramos
frente a un gobierno que expresa sin tapujos planteos de "mano dura" dejando
en segundo plano cualquier mirada social, situación agravada por un
modelo económico que profundiza la desigualdad y la exclusión.
Lo delicado es que se desplazó el eje de debate, ya no se trata de “mano dura” o garantismo”, hoy
se discute la legitimidad de la “justicia por mano propia” - que no es
Justicia. Los medios juegan su rol y el presidente
contribuye a la confusión buscando empatizar con la población en una dicotomía absurda
donde se intenta aclarar quién es el “bueno” y el “malo” durante un ilícito.
El tema de fondo es el rol del
Estado y su monopolio en el uso de la fuerza pública para no terminar
distribuyendo el uso de la fuerza en manos privadas. Si bien existe una proliferación de la seguridad
privada la situación
actual es más sensible. Se pretende
instalar el derecho a matar como regla.
Pensemos, ¿Qué sucedería si en los aspectos donde el sistema tiene falencias los ciudadanos obrarían por cuenta propia? Los ciudadanos dejarían de ser tales, se privatiza totalmente la vida en
comunidad, y en el peor de los casos: Ley de la Selva. (Educación, Salud,
Comercio, Trabajo, etc. sometidos a los excesos de la voluntad individual
porque el sistema falla).
Exageramos los ejemplos para esclarecer que: proliferar la práctica de la “mano propia” solo reproduce violencia y
elimina cualquier mediación institucional. Hoy nos presentan un esquema
donde “la Justicia
no debe intervenir porque debería ser normal que las victimas de delitos puedan
asesinar, aún cuando no sea en legítima defensa”.
Es una trampa que puede generar
un espiral de violencia sin ninguna respuesta institucional: Quienes delinquen exacerban sus métodos ante
la posibilidad de morir y las victimas se preparan para matar
porque vale todo. Los medios de comunicación, el Presidente y
varios opinólogos -en lugar de aportar racionalidad- dicen que “los
delincuentes son incorregibles y no tienen ningún derecho ya que son potenciales asesinos”.
Quienes piensan y deciden políticas públicas y el rol de las instituciones tienen la responsabilidad de
no caer en la tentación de dejar la solución en “las manos de la gente”, y
poner a las instituciones en su lugar, regulando los problemas públicos y
brindando respuestas institucionales confiables.
Debemos recuperar la disyuntiva inicial si es necesario, todas las alternativas y los consensos son preferibles antes que correr al Estado del problema y delegar la Justicia en la “mano
propia”. La “mano dura” por sí sola no resuelve las causas que originan la
inseguridad, mientras que la inclusión resuelve en el mediano-largo plazo pero puede resultar insuficiente en el “mientras
tanto”.
Las respuestas institucionales deben ser lo más cercanas a: (1) Un Estado
presente que brinde igualdad de oportunidades y de condiciones. (2) Políticas
de prevención y combate del delito con fuerzas de seguridad y un poder judicial
que se adapten al sistema democrático y respeten el Estado de Derecho.
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