París, asesinan a periodistas de
una revista satírica. La publicación fue amenazada en repetidas oportunidades
por organizaciones extremistas ante las provocativas publicaciones.
Lo anterior es una descripción
superficial de lo acontecido el miércoles. Sin embargo, es una explicación que
no alcanza para describir una profunda cadena causal que desencadenó los
hechos. El acontecimiento tiene una carga simbólica que condensa la complejidad
del asunto y permite pensar: en la cuna de la modernidad Occidental, en la
redacción de una revista, se genera la respuesta de un grupo extremista que
rechaza la burla sobre sus creencias religiosas, asesinando a dibujantes,
periodistas y toda persona que se interponga.
Suponer que el atentado es un
problema de libertad de expresión es reduccionista y erróneo, la centralidad
del conflicto está en el modo de interactuar entre comunidades diferentes, y en
el tipo de respuestas de cada uno considera “normales” para defenderse. Brutales todos. Las respuestas de
Occidente no dejan de ser brutales por suponerlas dentro de los cánones
bélicos, bombardeando escuelas, hospitales, etc. Del mismo, la forma extrema de
golpear que tiene el terrorismo asesinando en lugares concurridos
indiscriminadamente a cualquiera.
Si exploramos causas profundas
deberíamos remontarnos a milenios, parece más útil en términos analíticos
colocar el punto de partida en el 11 de septiembre de 2001. Avanzar en una
exegesis religiosa sería un ejercicio que nos permitiría concluir que desde el
catolicismo hasta el islamismo han tenido periodos de cruzadas o brutalidad
aparentemente guiados por mandatos divinos.
Por eso, el atentando sobre las
Torres Gemelas parece un buen punto de partida para el análisis dado que provocó
una reacción y un cambio en la política internacional de Estados Unidos sobre
Medio Oriente, desencadenado lo que Huntington llama “choque de civilizaciones”.
Antes de avanzar debemos dejar
manifestado que no buscamos comparar o justificar la barbarie de ningún grupo
étnico, racial o religioso. La brutalidad humana ES, más allá de quien la
ejecute. Los derechos humanos, el respeto a la vida, la capacidad de resolver
conflictos en forma pacífica o por medios diplomáticos deben primar por sobre
el ajuste de cuentas violento, brutal y sangriento.
En este sentido, buscamos
explicitar que debemos condenar las bombas de Occidente que asesinaron
inocentes, destruyeron ciudades históricas, persiguieron comunidades,
intervinieron en el devenir histórico de los pueblos, avasallaron la voluntad
popular interviniendo en procesos políticos, económicos, sociales y culturales
de países soberanos. Del mismo modo, que debemos rechazar cualquier modo de
terrorismo que imponga la violencia y la muerte por creer que se responde a una
causa justa y a un deber divino.
La ideología, los principios, la
cultura, la religión, e incluso la formación de cada uno de nosotros,
distribuirá las culpas y el peso de las responsabilidades sobre cada uno de los
protagonistas.
Para muchos, el principal responsable
de la desidia internacional es Estados Unidos. La política internacional
agresiva, con las guerras preventivas como estandarte generaron una intensificación del fanatismo religioso en Medio Oriente ante el avasallamiento
de sus culturas. El clima de enorme injusticia ante un mundo indiferente que
aceptó teorías de armas de destrucción masiva inexistentes, y demás
conspiraciones que demostraron que el principal objetivo geo-estratégico era
quebrar el statu-quo de la región para avanzar sobre los recursos petroleros.
A su vez, la estrategia
norteamericana para desestabilizar los gobiernos de la región se basó en la
formación de grupos paramilitares entrenados por los servicios de inteligencia
al servicio de los intereses de Occidente. Cuando los objetivos estratégicos de
Estados Unidos se concretaron los grupos como Al Qaeda continuaron activos y se
convirtieron en un obstáculo, dado que adquirieron dinámica y objetivos propios
con niveles de especialización militar importantes logrando autonomía frente a
Estados Unidos y sus socios.
Los mismos grupos que Estados
Unidos promovió, entrenó y financió para sus fines estratégicos terminaron
enfrentados con el país del Norte. Esa situación impactó en el resto del Mundo,
los socios de EEUU en la cruzada contra el terrorismo sufrieron atentados en
sus principales ciudades.
La realidad de Europa y de la
mayoría de los países del mundo globalizado plantean el desafío de la
convivencia multicultural entre los ciudadanos nacionales y los miles o
millones de inmigrantes que buscan oportunidades, dado que sus países de origen
están inmersos en conflictos bélicos, algunos de carácter interno y otros
causados por Occidente.
Muchos de los inmigrantes que
eligen Europa o Estados Unidos escapan de sus países por los conflictos que
generan otros, además de resistir el desarraigo y la destrucción de sus
hogares, deben soportar la discriminación y la segregación que sufren en sus
nuevos países.
No se trata de describir
realidades para justificar la barbarie, sino de comprender la compleja
situación de un mundo que expulsa población originaria por recursos naturales,
y luego segrega en las ciudades aparentemente civilizadas y cosmopolitas.
Occidente tira la cuerda, desde
su etnocentrismo se mofa de sus creencias, y espera respuestas civilizadas de
los condenados de la tierra, a quienes consideran salvajes/terroristas. Es
falso considerar que toda la comunidad musulmana es potencialmente peligrosa,
de ser así Europa estaría en llamas.
El análisis desarrollado no se
basa en argumentos religiosos, ni presenta una superioridad civilizatoria de
nadie. Se trata de entender la complejidad de un mundo abierto, globalizado,
pero tenso en gran cantidad de regiones, propenso a la explosión belicista ante
la primera provocación, y con una civilización dominante que proclama
democracia y civilización; pero ejecuta por la fuerza, el atropello y la
violencia.
Los periodistas franceses, los
muertos en atentados terroristas, las muertes inocentes de todas las guerras
preventivas; son las víctimas de la violencia desatada por los grandes
decisores del tablero mundial. Como simples ciudadanos no parece mucho lo que
podamos hacer, por lo pronto, no es poco crear conciencia, compartir nuestras
reflexiones, investigar por medios alternativos, evitando caer en el tejido
comunicacional que presenta Estados Unidos y sus socios. Hace tiempo hemos
advertido que la verdad no existe, que la realidad de los hechos es difícil de
divisar ante tantas operaciones de “bandera falsa”, y tantos intereses
económicos que se escudan tras las grandes banderas de la civilización.
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