Este artículo se elabora sin conocer la resolución de la puja con los Fondos Buitres, o Holdouts para los más diplomáticos. En pocos días, ingresaremos al mes de Agosto, que nos marca la cuenta regresiva de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligarías a realizarse el próximo año.
En el escenario nacional, las diferentes fuerzas políticas intentan planificar su estrategia de cara a la contienda electoral que puede cambiar el rumbo del país: candidatos, promesas, lineamientos, etc.
Las fuerzas políticas tienen algo en común, definen su posicionamiento en torno al kirchnerismo, a la gestión del gobierno nacional y la figura de Cristina Fernández. El eje de campaña del próximo año, junto a la inseguridad, será la distancia o cercanía con el gobierno nacional.
Están aquellos que buscan distanciarse ferozmente, los que creen que se puede criticar una parte y sostener lo que consideran "positivo", y finalmente, quienes consideran que la gestión del gobierno nacional sigue siendo aglutinante y aún tiene potencia política para transformar, o al menos conducir el país.
El grupo de oposición extrema se limita a definirse como negación de toda decisión, opinión y posición del gobierno nacional, corriendo el riesgo de denostar al país en el afán de captar los sectores que repudian el cúmulo de contenidos simbólicos que representa el kirchnerismo. Algunos iniciaron una carrera de promesas sobre reducción de retenciones para ganarse la bendición y el acompañamiento rural-mediático, otros se deshacen en esfuerzos para demostrar que tienen la "mano más dura", etc.
Los sectores moderados, tanto opositores como oficialistas tibios, no han definido su estrategia por temor a equivocarse en el posicionamiento estratégico. Aquellos moderados que parten de la oposición y buscan seducir a sectores oficialistas no encuentran los temas que tiendan ese puente, lo mismo ocurre con los sectores que parten del oficialismo y no logran acercarse a la oposición.
Los críticos moderados intentan seducir desde la anticorrupción y la inseguridad subestimando la importancia que los sectores oficialistas adjudican a la inclusión social, el empleo, la redistribución del ingreso, y la presencia del Estado. Por su parte, el oficialismo tibio busca poner en valor los aspectos mencionados mientras que los sectores críticos reclaman seguridad y combatir la inflación.
Por su parte, los precandidatos que defienden y son parte de la gestión actual pueden caer en el error de descansar sobre los logros obtenidos, y carecer de creatividad para definir nuevos desafíos que inauguren una nueva etapa.
Estos nuevos desafíos podrían relacionarse con mejorar las capacidades de un Estado presente que necesita robustecer sus capacidades y calidades, con proponer nuevos horizontes culturales, profundizar la igualdad de género y los derechos de las minorías. Se trata de instalar debates sensibles que pujan por salir a la superficie como la marihuana, el aborto, un replanteo general del sistema impositivo, la reestructuración de la deuda pública, la inserción del país en latinoamérica y en el mundo, etc.
Para finalizar, podemos afirmar que nos espera un largo camino de cara a las presidenciales, con la posibilidad de un debate chato y mediocre centrado en pocos temas fijados por la agenda mediática, con promesas estridentes pero imposibles de concretar (inseguridad, inflación, imagen de los candidatos y vidas privadas, etc).
Un escenario más interesante y provechoso para la calidad de nuestra democracia podría debatir los grandes temas estructurales del país, que necesitan una proyección estratégica para definir el rol del Estado y el posicionamiento internacional en un capitalismo que parece agotado y se torna belicista en latitudes con conflictos latentes.
Nuestra dirigencia deberá definir y demostrar si está capacitada para lograr un debate profundo, o si prefiere deambular un año discutiendo candidaturas, siguiendo el ritmo que proponen los medios, y entregarse relajadamente a los cerebros de la imagen y el marketing político.
En el escenario nacional, las diferentes fuerzas políticas intentan planificar su estrategia de cara a la contienda electoral que puede cambiar el rumbo del país: candidatos, promesas, lineamientos, etc.
Las fuerzas políticas tienen algo en común, definen su posicionamiento en torno al kirchnerismo, a la gestión del gobierno nacional y la figura de Cristina Fernández. El eje de campaña del próximo año, junto a la inseguridad, será la distancia o cercanía con el gobierno nacional.
Están aquellos que buscan distanciarse ferozmente, los que creen que se puede criticar una parte y sostener lo que consideran "positivo", y finalmente, quienes consideran que la gestión del gobierno nacional sigue siendo aglutinante y aún tiene potencia política para transformar, o al menos conducir el país.
El grupo de oposición extrema se limita a definirse como negación de toda decisión, opinión y posición del gobierno nacional, corriendo el riesgo de denostar al país en el afán de captar los sectores que repudian el cúmulo de contenidos simbólicos que representa el kirchnerismo. Algunos iniciaron una carrera de promesas sobre reducción de retenciones para ganarse la bendición y el acompañamiento rural-mediático, otros se deshacen en esfuerzos para demostrar que tienen la "mano más dura", etc.
Los sectores moderados, tanto opositores como oficialistas tibios, no han definido su estrategia por temor a equivocarse en el posicionamiento estratégico. Aquellos moderados que parten de la oposición y buscan seducir a sectores oficialistas no encuentran los temas que tiendan ese puente, lo mismo ocurre con los sectores que parten del oficialismo y no logran acercarse a la oposición.
Los críticos moderados intentan seducir desde la anticorrupción y la inseguridad subestimando la importancia que los sectores oficialistas adjudican a la inclusión social, el empleo, la redistribución del ingreso, y la presencia del Estado. Por su parte, el oficialismo tibio busca poner en valor los aspectos mencionados mientras que los sectores críticos reclaman seguridad y combatir la inflación.
Por su parte, los precandidatos que defienden y son parte de la gestión actual pueden caer en el error de descansar sobre los logros obtenidos, y carecer de creatividad para definir nuevos desafíos que inauguren una nueva etapa.
Estos nuevos desafíos podrían relacionarse con mejorar las capacidades de un Estado presente que necesita robustecer sus capacidades y calidades, con proponer nuevos horizontes culturales, profundizar la igualdad de género y los derechos de las minorías. Se trata de instalar debates sensibles que pujan por salir a la superficie como la marihuana, el aborto, un replanteo general del sistema impositivo, la reestructuración de la deuda pública, la inserción del país en latinoamérica y en el mundo, etc.
Para finalizar, podemos afirmar que nos espera un largo camino de cara a las presidenciales, con la posibilidad de un debate chato y mediocre centrado en pocos temas fijados por la agenda mediática, con promesas estridentes pero imposibles de concretar (inseguridad, inflación, imagen de los candidatos y vidas privadas, etc).
Un escenario más interesante y provechoso para la calidad de nuestra democracia podría debatir los grandes temas estructurales del país, que necesitan una proyección estratégica para definir el rol del Estado y el posicionamiento internacional en un capitalismo que parece agotado y se torna belicista en latitudes con conflictos latentes.
Nuestra dirigencia deberá definir y demostrar si está capacitada para lograr un debate profundo, o si prefiere deambular un año discutiendo candidaturas, siguiendo el ritmo que proponen los medios, y entregarse relajadamente a los cerebros de la imagen y el marketing político.
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