Como en
una película digna de Hollywood, el ALCA, ese monstruo que derrotamos en la
Cumbre de las Américas - Mar del Plata 2005, está de nuevo entre nosotros, y
volvió con todo. Pensábamos que lo habíamos derrotado, pero nos equivocamos.
Desde
aquel entonces, los latinoamericanos que apostamos por la verdadera unión
económica, social y política de nuestros pueblos, nos atuvimos a la
construcción de nuevos paradigmas de integración regional. UNASUR, CELAC, ALBA,
un MERCOSUR ampliado, son los mejores exponentes de las nuevas relaciones
regionales que esperamos signen el futuro latinoamericano durante el Siglo XXI.
No obstante estos avances, que esperamos sean indisolubles, el proyecto
continental estadounidense de liberalización comercial ha resurgido frente a
nosotros por medio de una estrategia tan diferente a la empleada en los años
noventa, como efectiva. Seamos claros. El espíritu del ALCA, el Área de Libre
Comercio de las Américas, se encarna hoy en un nuevo bloque comercial que desde
mediados de 2011 conocemos como la “Alianza del Pacífico” (ADP). Más que
promocionado por la prensa nacional e internacional, y por los think tanks del establishment, la ADP es
un modelo de integración regional definido esencialmente por su carácter
liberal. Chile, Perú, Colombia y México son los mayores exponentes
latinoamericanos de una forma de Estado construido a la luz del neoliberalismo.
Estos
cuatro países comparten un mismo modelo económico nacional, el cual se sostiene
fundamentalmente sobre dos grandes pilares: por un lado una amplia
liberalización comercial hacia el resto del mundo, en particular con las
economías centrales; por el otro, el desarrollo de formas intensivas de
extractivismo aplicadas a la exportación de materias primas (minería e hidrocarburos,
justamente hacia esos mercados centrales) de la mano del gran capital
transnacional. Los cuatro han orientado su política económica y comercial a la
obtención de un libre acceso a los consumidores del primer mundo. Ya desde la
dictadura pinochetista, Chile ha dirigido sus esfuerzos a la consolidación de
un mecanismo de inserción en la economía internacional que podemos denominar
“radial”, por su direccionamiento abierto hacia todas las direcciones,
construido sobre la base de una multiplicad de tratados de libre comercio
bilaterales (TLCs). Perú y Colombia vienen replicando este mal denominado
“milagro chileno” ya desde la década del noventa, tiempos en que la eliminación
de las barreras arancelarias era alentada por la CEPAL (comisión que fue presidida
entonces por Juan Manuel Santos), política que literalmente dejó sin razón de
ser a la Comunidad Andina de Naciones. México por su parte hizo lo propio, en
principio con la firma del NAFTA (North American Free Trade Agreement), y
posteriormente con la firma de otros tratados de carácter bilateral con el
resto del mundo.
Esta
completa liberalización comercial, propia de un modelo de crecimiento hacia
afuera, lejos de transformar la tradicional estructura económica
latinoamericana (primario exportadora, desintegrada, desigual, descapitalizada,
excluyente), potencia el rol de estas naciones dentro de la llamada división
internacional del trabajo. Es decir, como un círculo, promueve la primarización
del producto nacional y desalienta la industrialización sustitutiva de
importaciones (más allá de segmentos industriales particulares, como resulta el
caso de la industria liviana de la maquila mexicana, erigida en torno a la
frontera con los EEUU). Si a esta macropolítica comercial hacia afuera, la
complementamos con una concepción neoliberal del Estado hacia dentro, el
resultado de este modelo de desarrollo inherente a la historia latinoamericana
nos queda a la vista: México, Perú, Chile y Colombia son, lamentablemente,
ejemplos de las sociedades más desiguales de América Latina.
Este es
el proyecto continental que creíamos sepultado cuando en 2005, Kirchner, Chávez
y Lula mandaron a EEUU y a su propuesta ALCA, “al carajo”. Pero, mal que nos
pese, la potencia mundial de primer orden no descansa. Vista a la distancia,
resulta claro que su estrategia contó siempre con un sustancial “plan B”: en
lugar de bregar por un pacto comercial de carácter hemisférico, proyecto
ciertamente complejo y ambicioso, poco a poco Washington logró establecer
tratados comerciales y de inversión bilaterales con un número importante de
Estados latinoamericanos. Ya desde 1994 rige el NAFTA, tratado que liberaliza
el comercio estadounidense con México y Canadá. A su vez, EEUU firmó con Chile
un TLC cuya vigencia data desde 2004, lo mismo que sucede con Perú desde 2009 y
con Colombia desde 2012. El broche de oro de esta estrategia, decíamos, es la
llamada Alianza del Pacífico. En tanto cada uno de sus cuatro miembros cuenta
ya con un tratado que los abre al comercio con los EEUU, resulta evidente que
el ALCA se ha instalado definitivamente entre nosotros. Es el resultado de un
camino recorrido a la inversa. La ADP no necesita volcarse hacia los EEUU
sencillamente porque sus cuatro miembros ya lo han hecho por separado, antes de
que el bloque regional exista como tal.
El
peligro para los sudamericanos es enorme. La arremetida del establishment no
descansa. La prensa concentrada y los representantes políticos de la derecha no
dejan de señalarnos que la ADP es el camino. Si antes lo hacían por medio de
aforismos como el “milagro chileno” o el “milagro colombiano”, hoy su ofensiva
es superior. Van contra el MERCOSUR en su totalidad, reflotando el fantasma de
su estancamiento, de su inutilidad, de su anacronismo conceptual. Estamos ante
una contraofensiva neoliberal, y las espadas son las mismas de siempre. Su
apuesta hoy es por nuestra incorporación a la ADP, por un desmembramiento que
hiera de muerte al MERCOSUR, del mismo modo en que ha muerto la CAN.
El
MERCOSUR es el complemento vital de los proyectos populares, democráticos, e
industrializadores que han arraigado durante la última década en América del
Sur. Con todas sus imperfecciones y carencias, el Mercado Común del Sur es
actualmente nuestra mejor herramienta a la hora de trastocar el lugar que
ocupamos dentro de la injusta división internacional del trabajo, división
entre aquellos quienes producen a un altísimo valor agregado, y nosotros
quienes históricamente hemos pagado por ese valor con la venta de nuestras
materias primas. Como unión aduanera, el MERCOSUR nos permite extender las
fronteras de nuestro mercado interno, protegiendo nuestra reindustrialización
de la competencia voraz que reina en el mercado internacional. Sin este nuestro
bloque de integración, el desafío de tornar más justas nuestras sociedades
sería imposible de afrontar. Tenemos que defenderlo. Es preciso redoblar la
batalla intelectual más allá de nuestras fronteras. La derecha neoliberal no da
tregua.
@SUDDAKA
La entrada de @Suddaka inaugura el carácter colectivo del blog.
ResponderEliminarUn artículo con marcado acento académico que demuestra conocimientos teóricos, conceptuales y actuales.
La maniobra de integración bilateral vía TLC, así como el posicionamiento de lo que queda del neoliberalismo en la región como novedad o alternativa buscan lastimar la integración política ha económica actual.
Es importante resaltar que el Mercosur fue concebido como mercado cautivo del neoliberalismo y que en esta época con el sentido político de los gobiernos populares tiene un cariz diferente.
La concepción solidaria de la región permitió que países como Venezuela o Ecuador quieran ser parte del bloque económico, seguros de que el clima político no los convertirá en víctimas de una integración predatoria como ocurre con Alemania en la Unión Europea.
Celebramos la entrada,de gran calidad y actualidad.